“A Pepe le falta profesionalismo”, “Julio no trabaja en equipo”, “Qué narcisista que es Enrique”, etc. Estos comentarios no serían tan negativos si las personas agraviadas por ellos los escucharían directamente en su cara. Pero la verdad es que en la mayoría de empresas, la mayoría de las personas tiene el hábito de “rajar” a espaldas del otro.

 

Todos a un nivel moral sabemos que hablar a espaldas de otra persona es incorrecto, pero la mayoría lo hace. Es que “rajar” nos premia, nos da placer. Durante el momento que hablamos mal de otras personas, nos llenamos de energía temporalmente, aunque al poco tiempo esta energía se convierte en mala vibra.

 

La realidad es que cuando “rajamos” lo que hacemos es compararnos con otros de una manera inconsciente.

 

Por ejemplo cuando digo “Alejandro habla demasiado” inconscientemente estoy diciendo que yo hablo medido y soy mejor que Alejandro. O cuando decimos “¡Cómo ha engordado Jimena!”, estoy en realidad diciendo que yo sí me cuido, que soy más delgado y mejor que Jimena.

La próxima vez que esté a punto de “rajar”, hágase la siguientes preguntas:

  1. ¿Qué me motiva a hacer mi comentario?
  2. ¿Mi comentario es útil?
  3. ¿Estoy 100% seguro que es verdad?
  4. ¿Se lo diría en su cara?
  5. ¿Me hace una mejor persona?

 

Un maestro, que tenía un discípulo con el hábito de rajar, le pidió que trajera su almohada de plumas y lo llevó a una calle transitada. En la calle, el maestro agarró la almohada, la rompió en la pista y todas plumas se volaron rápidamente. El discípulo pensaba que el maestro estaba loco. El maestro le dijo: “Cada vez que haces un comentario a espaldas de otros, es como la almohada rota, las palabras o plumas vuelan, el daño está hecho y ya no las puedes retirar”

 

 

Por David Fischman

Originalmente publicado en El Comercio, 2015.

 

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Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, liderazgo. 

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