Imagine que una persona está en el zoológico y entra a la tienda de regalos para buscar algún juguete de animales y comprárselo a sus hijos. Cuando estaba totalmente concentrada escogiendo los juguetes, escucha un rugido de león fuertísimo y por pocos segundos se queda totalmente paralizada, en pánico. Su corazón empieza a latir más rápido, se inicia una sensación de miedo y se pone totalmente en alerta. Resulta que la tienda quedaba al costado de la jaula de los leones y sus rugidos se escuchaban con fuerza en el pequeño ambiente. Pero después de unos pocos segundos, la persona tomó consciencia de que estaba en el zoológico, que había leones en sus jaulas y que era normal escuchar rugidos. Después de máximo 5 segundos, el pánico se había convertido en humor, el peligro en una anécdota.

El ser humano tiene dos circuitos en el cerebro para manejar una amenaza. El primero es el camino alto, que cuando percibimos una amenaza pasa por la corteza cerebral y analiza el contexto, piensa en la  situación y define una reacción. El segundo es el camino bajo, que ante una amenaza, se va directamente a un área del cerebro que se denomina amígdala y que genera una respuesta emocional inmediata que intenta protegernos.

 

La amígdala genera una respuesta hormonal que eleva el ritmo cardiaco entre otros cambios fisiológicos y nos prepara para pelear o huir.

 

En el caso del zoológico, cuando la persona escuchó el rugido, su cerebro usó el circuito bajo y llegó directamente a la amígdala generando un pánico paralizante. Pero luego, la amenaza pasó por la corteza cerebral donde la persona pudo analizar y pensar en su situación, dándose cuenta que no era una amenaza real. Cuando la corteza cerebral entendió que no había amenaza, dio la orden a la amígdala de calmarse.

Cuando un bebé nace, viene al mundo con las áreas emocionales bastante desarrolladas, tal como la amígdala. Aquellos que han visto los terribles vídeos de aborto, han podido observar que el bebé en el útero a los 3 meses de gestación, ya siente pánico y trata de escaparse de la aspiradora que quiere eliminarlo. Sin embargo, las zonas de la corteza cerebral recién se van formando al nacer y no terminan de formarse hasta que el individuo tiene 22 años. En otras palabras, el bebé y luego niño, tiene una estructura emocional madura, puede sentir emociones de miedo, angustia, dolor, pena y rabia, pero no tiene la estructura mental para entender el contexto, analizar y calmar a la amígdala.

 

Debido a este desigual desarrollo de la zona emocional y racional del cerebro, a aquellas personas que les tocó sufrir en la niñez, o que no tuvieron el cariño o atención de sus padres como ellos hubieran querido, guardan en su inconsciente un niño con dolor.

 

Por ejemplo, imagine que el padre de un niño trabaja mucho y el niño es sensible y necesita estar con su padre. El niño no entiende por qué el padre no está, pero sí siente como un adulto, abandono, dolor, pena, rabia y miedo. Pero como no tiene su zona prefrontal del cerebro desarrollada, no puede calmar a la amígdala. Todo este sufrimiento se almacena en la memoria emocional y no se olvida. 

Quizás alguno de los lectores siente episodios de depresión, dolor, angustia, o en la oficina tiene problemas interpersonales, conflictos frecuentes, o suelen decirle que tiene un problema de ego. Si es así, entonces es muy probable que sea su niño con dolor mandándole mensajes que quiere que lo descubra. ¿Qué hacer? Empezar una terapia de corte psicoanalítica.

 

Por David Fischman

 

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Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, liderazgo. 

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