Esteban es un perfeccionista. Es perseverante, ambicioso, meticuloso y trabaja arduamente para hacer todo perfecto. El problema es que Esteban le tiene mucho miedo al fracaso y vive obsesionado, cuidando hasta el más mínimo detalle para que nada salga mal. Esteban tiene en su mente el paradigma del todo o nada, del éxito o fracaso: no hay zonas grises. Para él, el error no es una oportunidad de aprender, sino la prueba de que no es suficientemente bueno. Esteban está tan concentrado en lograr sus metas que no disfruta el camino que debe recorrer para alcanzarlas. Vive atormentado hasta que consigue su objetivo, momento que disfruta brevemente, para luego imponerse un nuevo reto donde volverá a sufrir. ¿Conoce a alguien así? 

El perfeccionismo es un flagelo que nos quita felicidad. Para el profesor Tal Ben Shahar, autor del libro “The Pursuit of Perfect”, el perfeccionismo es un miedo al fracaso paralizante que nos inunda en todos los aspectos de nuestra vida.

 

El perfeccionista vive a la defensiva, se siente atacado por la realidad que no es perfecta. Tiene un enfoque pesimista y negativo.

 

Como todo el tiempo le presta atención a lo que puede fallar para evitarlo, su mente se impregna de pensamientos negativos. Es posible que logre sus resultados, pero haciéndole la vida imposible a mucha gente y, sobre todo, a sí mismo. 

¿Cómo se crean perfeccionistas? Sin darnos cuenta, frecuentemente, como padres, los creamos nosotros mismos. Carol Dweck, la autora del libro “Mindset”, realizó un estudio sobre este tema. Dividió a un conjunto de alumnos de 10 años en dos grupos. Les tomó a todos un test relativamente fácil para la edad. Luego, les brindó retroalimentación sobre sus resultados. A los alumnos del primer grupo les dijo frases como “¡Qué inteligente que eres!” “¡Qué creativo!”. Al segundo grupo les hizo el siguiente comentario: “Buen trabajo, se ve que se esforzaron, que trabajaron duro”.

En la segunda parte del experimento, se dio la opción a los alumnos de seleccionar una de las siguientes alternativas: rendir un examen fácil o asumir el reto de un examen más difícil. Sólo el 50% del primer grupo decidió tomar el examen más difícil, versus el 90% del segundo grupo que optó por el difícil. ¿Qué hizo la diferencia entre el primer grupo y el segundo?  

En el primer grupo, el reconocimiento del logro y la premiación del resultado, generó en los alumnos el miedo al fracaso. En la mente de ellos se instaló la creencia: “Si tomo el segundo examen y fallo, significará que no soy inteligente, que no soy creativo”.  En cambio, la retroalimentación recibida por el segundo grupo estuvo enfocada en el esfuerzo del alumno. Los participantes recibieron el mensaje sutil de que ellos controlan la variable del éxito, que es el esfuerzo, y que si fracasan, lo pueden volver a repetir. Además, entendieron que el hecho de que las personas los  llamen inteligentes no lo pueden controlar, pero si el que las personas les digan que se esforzaron. 

 

Según Shahar, no es malo felicitar a nuestros hijos por el éxito, pero cuando es lo único que les celebramos, los convertimos en adictos al logro de los resultados, encaminándolos al perfeccionismo.

 

Pero no sólo somos nosotros, como padres, el problema; también lo es la sociedad. Vivimos en una sociedad que premia el éxito o divulga cruelmente el fracaso. Una sociedad que nos transmite el mensaje subliminal de que si no somos perfectos, seremos unos perdedores. 

Para vencer el perfeccionismo tenemos que dejar de centrarnos tanto en las metas y empezar a disfrutar el camino para lograrlas.

 

Debemos cambiar nuestra percepción sobre el fracaso y entender que sólo fallando aprenderemos a ser mejores.

 

 

 

 

Por David Fischman

 

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Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, liderazgo. 

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