Imagínese que su subordinado le cuenta que el gerente general, que es su jefe, lo llamó a su oficina y le preguntó cómo se sentía trabajando con usted. Le preguntó qué tan buen jefe era usted y cómo manejaba su área. Según su subordinado, él le respondió que todo estaba bien. Finalmente, su subordinado le dijo que no se preocupara, que tenía al gran jefe bajo control.  ¿Cómo se sentiría? 

Es probable que las intenciones del gerente de la empresa fueran buenas. Quizá quería motivar a su subordinado o recoger  información del clima laboral.  Si la comunicación abierta y la confianza son valores totalmente compartidos en la empresa, entonces este tipo de comunicación es válida. Sin embargo, si este no es el caso, estas conductas transmiten mensajes perjudiciales para la organización.

Las preguntas hechas a su subordinado le transmiten que el gerente no confía ni se comunica con usted, que duda de su capacidad para dirigir y motivar. Por otro lado, este tipo de conductas le restan autoridad con su equipo.  Su subordinado siente ahora que tiene más poder porque el gerente general ha confiado en él para hablar "confidencialmente" de usted. Además, este tipo de conductas incentiva las "bolas" en la organización. Lo más probable es que empiece a correr el rumor de que lo quieren despedir.

El error del gerente general no fue hablar con su subordinado, fue incentivar el chisme. Es decir, hablar a espaldas de las personas sin que ellas tengan conocimiento. El gerente debió contarle antes a usted sus planes de hablar con su subordinado. Además, al hablar con él, debió mencionarle que usted ya tenía conocimiento de la conversación.  

 

Los gerentes deben entender que sus conductas son las que moldean la cultura y los valores de su organización. 

 

Si los nevados están contaminados, los lagos que se alimentan de los deshielos también lo estarán. En las empresas, los valores y los mensajes de las personas en la cima de la organización definen la pureza de los lagos de la cultura organizacional.  La palabra es peor que un arma. Las armas físicas, al mostrarse, pueden ser disuasivas. Las palabras no se pueden mostrar.  Apenas las decimos, el daño está hecho y puede ser peor que el de una granada. 

Cuentan que un rey en la India organizó una exhibición para premiar el objeto que otorgara mayor felicidad al hombre. Hubo instrumentos musicales, flores, libros, etc. Pero un objeto llamó la atención del rey. Era una boca de arcilla con una lengua. El artesano explicó que no existe mayor felicidad que la generada por palabras de amor, armonía y paz. El rey le dio el premio. Semanas más tarde, el rey organizó una exhibición de los objetos que hacían más infeliz al hombre. Encontró cuchillos, armas, licores, plantas venenosas y también la misma boca de arcilla. El rey estaba intrigado. Pero el artesano explicó: "Mi rey, la misma lengua que puede hacer tanto bien también puede causar la máxima infelicidad y desgracia al ser humano. No hay objeto que le pueda ganar".

 

Como gerentes, cuidemos nuestras palabras. Tal como menciona la historia, en ellas está todo el potencial para crear o para destruir.

 

 

 

Por David Fischman

 

 

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Conoce Effectus Fischmanconsultora de Recursos Humanos de David Fischman                                                                                                                          

Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, liderazgo. 

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