Como el resfrío, el virus de la desesperanza también se contagia. “No sé qué vamos a hacer, la situación está terrible”. “Este país no avanza”. “La cosa política arde. Creo que todo se irá al diablo”. “A la empresa le va pésimo, seguro que reducirán personal”. 

No importa el tema, el común denominador es desesperanza, negativismo y depresión. Cuando estás con una persona infectada con este virus empiezas a contagiarte. Similarmente al resfrío, la persona infectada del virus de la desesperanza no es consciente de que lo transmite y la persona que se infecta tampoco lo es. 

 

La desesperanza, como el resfrío, produce síntomas visibles. Las personas empiezan a ver todo oscuro, tienen miedo, se aferran a lo conocido y no toman riesgos. Se sienten impotentes como pequeñas marionetas del destino.

 

Se limitan a quejarse y a esparcir el virus. A diferencia del resfrío, en el que nuestro sistema inmunológico se activa y vence al virus, con la desesperanza no existe un sistema que nos salve. 

¿Qué podemos hacer? La solución no es pensar positivamente, a ciegas. Es posible que sí existan problemas, crisis, malos manejos, consecuencias negativas. No se trata de forzarnos a ver la realidad como un jardín de rosas para no caer en la desesperanza. De la misma forma que la vitamina C nos eleva las defensas y evita que nos resfriemos, para evitar el virus de la desesperanza debemos “tomar vitamina D”; es decir, la vitamina del “desapego”. Esta vitamina requiere de un acto de voluntad para percibir la realidad de forma diferente.

 

El desapego implica que todo ser humano tiene un mundo espiritual interior que le permite tener paz y tranquilidad al margen de las circunstancias o el ambiente.

 

Es como un recipiente térmico: no importa qué tan congelado esté el ambiente, el agua del recipiente no se afecta, y conserva su temperatura.  

En un curso, usted trata de aprovechar su tiempo estudiando y prestando atención para maximizar su aprendizaje. Toma los problemas y retos del curso con buena actitud para sacarle el jugo a su inversión. La filosofía del desapego se basa en el hecho de que todos somos alumnos que hemos venido a tomar un curso en nuestro periodo de existencia como seres humanos: el curso de la vida. Este curso tiene una duración determinada y luego partimos. Nuestro objetivo es maximizar nuestro aprendizaje manteniendo una buena actitud hacia los retos que nos plantea. 

Todos hemos tenido maestros exigentes en el colegio o la universidad. Quizás en el momento no nos gustaban o nos quejábamos de su rigurosidad. Pero hoy reconocemos su valor y el impacto que tuvieron en nuestra persona. La vida es un maestro exigente, nos pone retos y problemas para que fortalezcamos nuestro espíritu. Para que cuando partamos, nos graduemos de esta vida siendo mejores personas.

Cuentan que un cachorro de tigre, cuya madre falleció cuando él nació, fue criado por unas ovejas. El tigre aprendió a comer pasto, a balar como las ovejas y hacer todo lo que éstas hacían. Un día, otro tigre atacó la horda de ovejas y quedó perplejo cuando vio al tigre que se creía oveja corriendo con pánico gritando: “beeeeee”. El tigre lo llevó a un lago calmo y le dijo: “Mira tu imagen reflejada y recuerda quién eres, deja de actuar como una oveja ridícula en pánico”. 

Al igual que el tigre que se creía oveja, algunos se llenan de miedo y desesperanza ante las amenazas y problemas.  No se dan cuenta de que ellos mismos son “tigres” y tienen toda la capacidad de poder enfrentarlos.

 

Aprovechemos los retos de la vida para crecer y no para temer.

 

 

Por David Fischman

 

 

 

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Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, liderazgo. 

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