Michael amaba el básquet, pero el entrenador no lo consideraba bueno. Michael soñaba con jugar en la selección para impresionar a sus padres y representar a su colegio. Cuando se enteró de que la selección viajaría a jugar un partido, le rogó al entrenador para que lo deje estar en el bus. Michael podría ir solo si cargaba los uniformes. Cuando los padres de Michael se enteraron de que iría en el bus, asumieron que jugaría y compraron boletos para verlo. Con decepción, solo lo vieron cargar uniformes. Michael estaba destrozado, sentía que había fallado. Pero era una persona con resiliencia, pues a pesar de no ser valorado siguió entrenando desde las 6 de la mañana en el gimnasio; él quería lograr su meta a toda costa. Al año siguiente el entrenador reconoció su esfuerzo y decidió ponerlo en el equipo. Desde ese momento, Michael no paró de impresionar. Consiguió una beca deportiva en la universidad y luego, pasó a jugar con profesionales. Michael Jordan se convirtió en la mayor superestrella de básquet en los Estados Unidos. 

Ella nació en 1954 en un hogar muy pobre y de padres separados. A los 6 años, se fue a vivir a la casa de su madre donde fue abusada sexualmente. Producto de las violaciones que sufrió, dio a luz a un bebé prematuro que vivió por pocas horas. Para olvidar sus desgracias, consumió drogas y tuvo una vida de abandono y desolación. Pero ella tenía resiliencia y muchas ganas de salir adelante en la vida. Decidió mudarse con su padre, quien la ayudó a regresar al colegio y a estudiar periodismo en la universidad. Posteriormente, trabajando como reportera en un programa de televisión, empezó un nuevo formato de show donde ella entrevistaba a personas que habían sufrido todo tipo de traumas. Allí, ella, Oprah Winfrey, empieza a ser conocida y querida por el público. Hoy Oprah es vista y querida por millones de personas que aman su show, siendo considerada como una de las 25 personas más influyentes de los Estados Unidos.1 

Las historias de Michael y Oprah son solo dos ejemplos de miles de personas que tuvieron que soportar traumas y dolor y que a pesar de ello, pudieron salir adelante.

 

¿Qué es lo que hace que algunos salgan adelante y que otros se queden encarcelados en sus fracasos? Según los investigadores Reivich y Shatte, es su resiliencia. Una de cada tres personas tiene esta capacidad innata, sin embargo, uno puede formarse en resiliencia. 

 

Según los investigadores, mucho depende de cómo las personas interpretan lo que les pasa en la vida. Imagine que usted es un delantero en un partido crucial para la selección de futbol de su país. Le pasan el balón frente al arco, usted patea y sale fuera. Hay personas que se explican lo que pasó diciendo: "Soy una bestia en todo, siempre fallo, nunca me sale nada". Es decir, tienen una interpretación pesimista que generaliza la falla a todos los ámbitos de la vida y la hace permanente en el tiempo. Una persona con resiliencia, interpretaría lo ocurrido de la siguiente forma: "Que pena que fallé en esta oportunidad, debo tener más calma cuando esté frente al arco la próxima vez". En este tipo de interpretación se asume que la falla es temporal, no generalizada, una interpretación en la que la persona logra aprender de sus errores. 
 
Aprender a interpretar la vida más positivamente no es fácil, se requiere de esfuerzo, pues el ser humano tiene un sesgo hacia lo negativo. Pero vale la pena.

 

Solo cambiando la forma en que nos explicamos la vida, podremos aprender a levantarnos luego de un fracaso y crecer como personas. 

 

 

 

Por David Fischman

 

 

 

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Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, liderazgo. 

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[1] "Fail your way to success", Michael Derem "The resilience Factor", Karen Reivich y Andrew Shatte, pág. 32.

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