En una investigación, se solicitó a un grupo de personas ver un video y contar el número de pases de básquet que hacían los jugadores de un equipo. Terminado el video, las respuestas variaban entre 20 y 30 pases. Luego, se le preguntó al grupo si había visto en el video al gorila de 200 kilos. En ese momento, la mayoría no entendió la pregunta, pensó que había un error. Al presentar el video nuevamente, el 100% de las personas reconoció haber visto al gorila.

¿Qué ocurrió? Como las personas en la investigación estaban tan concentradas contando el número de pases, no se dieron cuenta de que pasaba un gorila de 200 kilos y que, incluso, los saludaba. Su atención estaba tan focalizada en el conteo, que no captaron otra información del entorno.

Algo similar nos ocurre en conversaciones difíciles, desacuerdos y conflictos. Estamos tan concentrados contando los pases: es decir, analizando cómo responder a los argumentos y expresar nuestros puntos de vista, que no vemos al gorila de 200 kilos que son los sentimientos. Durante las discusiones, el gorila nos saluda, trata de que lo veamos; pero, nosotros solo escuchamos las palabras.

Tomemos como ejemplo una cena familiar. La madre le llama la atención al hijo, el padre entra a la conversación y contradice a su esposa delante de los hijos. Empieza una discusión en la mesa que dura poco, porque la esposa se levanta llorando y se va su cuarto. El marido la sigue para explicarle su punto de vista, el por qué la contradijo delante de sus hijos. La esposa llora, le reclama que está cansada de que la contradiga públicamente; le dice, además, que es un bruto, desatinado y que nunca puede contar con él. El marido se molesta por el insulto y le manifiesta que actúa como una neurótica. El marido repite sus argumentos. La esposa le explica los suyos, y resulta un diálogo de sordos donde nadie quiere realmente escuchar al otro.

¿Suena familiar? En parejas, es típico tener discusiones. Sería anormal si una pareja no tuviera conflictos. El problema es cómo se manejan estos desacuerdos. En el caso anterior, sin duda cada parte tenía su forma de ver la situación, sus argumentos válidos y, posiblemente, justificados. Pero a menos que le den atención al gorila de 200 kilos de los sentimientos, será muy difícil que se escuchen.

 

El primer paso para que una persona dolida escuche a otra es que esta reconozca las emociones de la primera. Después de sentirse reconocido, comprendido, es mucho más fácil hablar con tranquilidad y escuchar los argumentos del otro.

 

En el caso anterior, se pudo evitar que el argumento escalara y llegara a comentarios hirientes, si el marido le prestaba atención a los sentimientos de su señora, si le preguntaba cómo se sentía, si empatizaba con su dolor. Ojo, ser empático no significa ceder. Significa entender los sentimientos. Cuando no se habla sobre los sentimientos, estos se expresan en palabras hirientes, sarcásticas y negativas que destruyen el amor.

Aprenda a ver el gorila en las emociones disfrazadas, en el tono de voz alto, en juicios y acusaciones. Apenas las detecte, no siga hablando y concéntrese en hacer que la otra persona exprese cómo se siente. No se puede tomar un vaso de gaseosa cuando alguien la ha movido mucho, debemos abrirla con cuidado y dejar que se escape el gas poco a poco, de lo contrario, nos salpica el líquido.

 

Similarmente, evitemos que nos salpiquen palabras hirientes, dejemos que escapen las emociones de forma controlada, liberando la presión y evitando diálogos que destruyan los matrimonios.

 

 

Por David Fischman

 

 

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Conoce Effectus Fischmanconsultora de Recursos Humanos de David Fischman                                                                                                                      

Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, liderazgo. 

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