Kouses y Posner en su libro “Credibility” muestra un estudio donde el porcentaje de empleados que considera importantísima la integridad en los líderes es de 85% en Norteamérica y 72% en Japón. Sin embargo, el porcentaje de empleados que percibe que sus líderes practican la integridad es de 40% en Norteamérica y 16% en Japón.  Si es tan importante, ¿por qué tantos líderes actúan sin integridad?  

Imagínese que tiene a cargo un proyecto. Se compromete a grandes metas, pero no logra los resultados esperados. En la presentación al directorio tiene dos alternativas: presenta la verdad, afectando su imagen como líder, o maquilla las cifras. ¿Qué hace?

Este ejemplo muestra cómo la presión de los resultados nos pone contra la pared de nuestros valores.

 

Con la crisis, la competencia y la globalización, los ejecutivos dedican cada vez más tiempo a conseguir logros en sus empresas. Sin pensarlo, asumen que conseguir metas laborales es el objetivo en su vida. Por ello, encontramos ejecutivos mintiendo, manipulando, sobornando y violando sus valores para alcanzar sus metas.

 

Pero, ¿hemos nacido únicamente para cumplir metas egoístas en el trabajo? ¿Es esa nuestra misión de vida?

En mis talleres de liderazgo, agrupo a los participantes en parejas para un ejercicio en el que deben poner el mayor número de veces la mano de su pareja contra un tablero durante un minuto. La mayoría de los participantes utiliza el tiempo para competir en fuerza contra el opositor. Nadie logra la meta. Luego demostramos que si hubieran cooperado mutuamente, podrían haber tocar la mano de su compañero más de 20 veces en el tablero. La meta no era competir, sino tocar más veces el tablero con la mano del compañero.
 
Lo mismo pasa con los ejecutivos. Por la naturaleza del entorno en el que viven dentro de la empresa, creen que su meta en la vida es competir, ganar, “hacer fuerza” y lograr resultados. Quieren vencer a la competencia externa y a los rivales internos dentro de la empresa a cualquier precio. No se dan cuenta de que la verdadera meta en la vida es buscar la felicidad con uno mismo. 

 

Cuando actuamos en contra de nuestros valores para lograr resultados, podemos ser exitosos, pero alcanzamos una satisfacción poco duradera.

 

El ser humano es como una esponja. Cada vez que actuamos contra nuestra esencia o nuestros valores, es como si sumergiéramos la esponja en veneno. Después de un tiempo terminamos envenenándonos, sintiéndonos mal, intranquilos, inconsecuentes y vacíos de amor. Actuar con base en nuestros principios sumerge la esponja en agua cada vez más pura, dándonos una sensación de felicidad, propósito y congruencia.

¿Qué hacer para soportar las dificultades en el corto plazo que nos inducen a romper nuestros valores?

Cuentan que un maestro que atravesaba el desierto quiso pernoctar en un pueblo, pero nadie quiso hospedarlo. Ante esto dijo: “Dios, que sea tu voluntad”. Pernoctó con su burro y gallo en el desierto. A medianoche, un lobo se comió su gallo y un tigre se comió su burro. El maestro pensó: “Dios, que sea tu voluntad”. Al día siguiente se enteró que unos ladrones habían cruzado el desierto y matado a los habitantes del pueblo. Los malhechores no vieron al maestro ni escucharon bulla porque sus animales habían perecido. Ante esto el maestro dijo: “Dios, que sea tu voluntad”

El maestro en la historia tenía muy claro que la vida es una escuela de retos y dificultades. Tenía como meta ser feliz internamente, al margen de las circunstancias externas.

 

Enfrentemos las dificultades en el corto plazo dejando que nuestros valores nos guíen a nuestra verdadera felicidad y aceptemos los frutos de estas decisiones con la actitud del maestro.

 

 

Por David Fischman

 

 

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Conoce Effectus Fischmanconsultora de Recursos Humanos de David Fischman                                                                                                                      

Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, liderazgo. 

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