¿Alguna vez se ha enamorado de un producto y ha sentido necesidad de comprarlo a toda costa? Con gran ilusión ahorra y finalmente lo compra. Siente una satisfacción grande, era lo que quería, el producto es su engreído. Pero luego de unas semanas, mira el producto y no siente nada; es más, ya no sabe dónde ponerlo para que no estorbe. Ahora tiene en su mente otro producto que quiere comprar.

Esta situación es normal, ya que las empresas compiten invirtiendo en publicidad para lograr la venta de sus productos. Persuaden a los consumidores para comprar el auto, la nueva moda en ropa, gaseosas, o computadoras que los pueden llevar a alcanzar la felicidad. Esta felicidad se traduce en la satisfacción de alguna necesidad que el producto puede cubrir. Por ejemplo, las gaseosas apelan frecuentemente a la necesidad de afiliación del ser humano. En su publicidad muestran jóvenes de buena apariencia, en un ambiente ameno y divertido, consumiéndola. Los consumidores jóvenes compran la gaseosa para satisfacer, subconscientemente, la necesidad de afiliarse con la gente “bacán”.

Otros productos como los autos de lujo apelan frecuentemente a la necesidad de logro y poder. En sus avisos muestran a personas exitosas y seguras que sobresalen. En conclusión, nuestro sistema económico se basa en el hecho de que el consumidor se orientará a maximizar su “felicidad” o minimizar su “infelicidad” individual, satisfaciendo sus necesidades a través de la compra de bienes y servicios.

 

Para comprar bienes y servicios debemos trabajar cada vez más. Mientras más tenemos, más queremos y el círculo vicioso no para. 

 

Al final nuestra supuesta “felicidad” termina apilada en el almacén de la casa u oficina junto con los demás productos que compramos y que no usamos.

A excepción de la compra de bienes o servicios que satisfacen nuestras necesidades fisiológicas, la felicidad duradera no se obtiene comprando. Paradójicamente, una forma de obtenerla está en el proceso inverso a la compra: el servicio desinteresado. A diferencia de las compras, que se basan en la escasez y se tiene un dinero limitado para adquirir bienes, el servicio se basa en la abundancia.

 

El servicio no cuesta dinero y mientras más lo haces, más felicidad y amor obtienes.

 

 

El servicio satisface la necesidad más elevada del ser humano: la necesidad de trascender, de pasar encima de ti mismo. Pero, si el servicio maximiza la felicidad, ¿por qué tan poca gente lo hace? Muchos no se dan la oportunidad de hacerlo. Estamos inmersos en el sistema buscando nuestro beneficio individual, tratando de crecer, ascender, lograr nuestras metas y prestigiarnos. Creemos que eso  nos dará la felicidad que anhelamos, ignorando que la felicidad duradera está siempre a un paso nuestro: haciendo servicio.

Tómese un tiempo para pensar en qué podría servir desinteresadamente. No se limite a entregar dinero, invierta su tiempo en una causa que considere importante. Niños abandonados, ancianos, enfermos,  personas de bajos recursos o con problemas, animales abandonados, valores, responsabilidad social, etc. Empiece con solo una hora semanal. Una vez que experimente la sensación, ya nunca lo dejará.

Cuentan que una paloma entró a una iglesia en busca de una rosa que estaba al lado del atrio. Como la iglesia estaba llena de espejos, la paloma se estrellaba con los espejos al buscar la verdadera flor. Finalmente, después de varios intentos cayó muerta en el atrio, al lado de la verdadera rosa. 

Tengamos cuidado de no pasarnos la vida buscando, como la paloma de la historia, una percepción equivocada de la felicidad.

 

Dejemos de buscar la felicidad solamente en los espejismos del consumo y démonos la oportunidad de encontrarla en la realidad del servicio desinteresado.

 

 

Por David Fischman

 

 

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Conoce Effectus Fischmanconsultora de Recursos Humanos de David Fischman                                                                                                                      

Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, capital humano, liderazgo. 

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