Un cocodrilo podría defenderse del ataque de un tigre y hasta matarlo con sus mandíbulas. Sin embargo, cuando el tigre se le acerca, se paraliza ante su rugido. El tigre puede comerle, sin apuro, su carne más suave: la cola. Cuando el cocodrilo reacciona, ya es muy tarde. Está prácticamente desangrado. 

De la misma forma, los seres humanos nos paralizamos –como el cocodrilo– cuando ocurren crisis públicas, ya sean éstas económicas o políticas. Buscamos las primicias escuchando la radio o viendo los noticieros. Mientras más nos preocupamos y angustiamos, más nos paralizamos.

Con la excusa de que ‘es bueno estar informado de los últimos acontecimientos’, nos conectamos a las noticias, como si fuese una droga. A pesar de saber lo que pasa, seguimos atentos y dando vueltas sobre lo mismo. El miedo nos invade y nuestra reacción instintiva es escondernos y protegernos. Nos invade el pesimismo, la negatividad y alteramos nuestra paz y balance. 

 

 

¿Por qué actuamos así frente a una crisis? Además de una razonable necesidad de seguridad, que busca determinar el impacto de los hechos en nuestro entorno, existen otras razones menos evidentes:

- Satisfacer nuestra necesidad de pertenencia. La crisis no es una visión compartida, es una preocupación compartida. El país comparte el mismo temor y nos sentimos hermanados por un mismo problema.

- Nos libera de responsabilidad. Tenemos cómo justificar nuestras dificultades. Hay un culpable de nuestros problemas que es más fuerte que nosotros y contra el que no podemos luchar: la crisis. 

- Nos permite elevar el ego. Una crisis siempre tiene protagonistas: los que robaron, sobornaron, hicieron malos manejos o que, simplemente, se equivocaron.  Es una oportunidad para que nuestro ego se infle, critique y hable mal de ellos: “Ése es un ladrón” o “Cómo pudo ser tan bestia”. Estos comentarios tienen un mensaje tácito: “Yo no soy así, por si acaso”. En otras palabras: “Yo soy mejor”.

- Nos encanta el suspenso. En la crisis pública podemos ver películas de terror todo el día... ¡Totalmente gratis!

Una señora muy ‘criticona’ observaba a sus vecinos para hablar mal de ellos. Un día se mudaban unos nuevos y observó que estaban totalmente sucios. Al día siguiente estaban igual y no lo podía creer. Llamó a una amiga para que los viera por la ventana. “Mira, le dijo, hace dos días que están así de sucios. ¿Puedes creerlo?” La amiga le contestó: “El problema es tuyo. El vidrio de tu ventana es el que está sucio”. Cuando lo limpiaron, automáticamente las personas se vieron limpias.

 

Las crisis también empañan nuestras ventanas mentales y, poco a poco, vamos viendo todo negativo y pesimista.

 

Preocuparse no va a arreglar una crisis. El país necesita que tomemos distancia de los problemas y dificultades. Necesita que limpiemos nuestros ‘vidrios mentales’ y veamos el futuro con optimismo. Necesita que cada uno de nosotros sea un agente que salve a quienes caigan en la parálisis del miedo.  

Las estadísticas demuestran que aquellas empresas que invierten en las peores crisis son las que obtienen, posteriormente, una mejor posición competitiva. No se confíe en que su competencia nacional también estará paralizada ante la crisis. Recuerde que ahora competimos globalmente. No permita que tigres internacionales lo ataquen y lo encuentren paralizado como un cocodrilo.

 

 

Por David Fischman

 

 

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Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, capital humano, liderazgo. 

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