... Y cedemos ante nuestros impulsos en lugar de perseguir nuestras metas a largo plazo.

 

Imagine que usted está haciendo una dieta con mucho esfuerzo, pero lo invitan  a una reunión social donde pasan bocaditos riquísimos.  Al inicio se mantiene firme con su meta a largo plazo de mantener su línea, pero luego no puede resistir a la tentación y rompe su dieta con algo riquísimo. Luego piensa “Al diablo, qué importa. Total ya rompí mi dieta” y se dedica a comer todo lo que pasa por su camino. Termina su noche con unos kilos adicionales y una profunda sensación de culpa y autoflagelación. ¿Le ha pasado esto alguna vez? 

 

 

Intuitivamente uno puede pensar que sentir culpa nos ayuda a seguir en el camino del autocontrol hacia nuestras metas. Total, si me siento culpable voy a hacer algo para arreglarlo. En este caso, dejar de comer. Pero los estudios demuestran que:

 

 Sentir culpabilidad es terrible para el autocontrol y que uno termina  dejándose llevar por sus impulsos y empeorando.

 

En una investigación, se hizo seguimiento a 144 personas que tomaban alcohol. Los resultados mostraron que aquellos que tomaban más, se sentían físicamente  mal al día siguiente. Pero además se sentían enormemente culpables por sus conductas. Resulta que aquellos que tomaban más en el estudio, eran los que se sentían  más culpables.

En otro estudio con personas que hacían dieta, se les alteró la balanza para mostrar que no habían progresado nada. De este grupo, los que se sentían más culpables, son los que más se desviaron de su dieta.

En los casinos pasa algo similar. Las personas pierden dinero, se sienten culpables pero dicen “Al diablo, qué importa. Si ya perdí, puedo perder un poco más y no pasa nada”. Otro caso es el de  las personas que empiezan a ir un gimnasio y pierden una o dos sesiones y en un momento dicen “Al diablo, qué importa, total ya perdí algunas clases, mejor no voy” y abandonan el gimnasio. 
 
En otra investigación a personas que estaban haciendo dieta se les pidió comer una donut. A un grupo se les dijo que no sean duros con ellos mismos, que uno puede darse algunos gustos de vez en cuando. En otras palabras, a este grupo se les ayudó a perdonarse esta indulgencia. A un segundo grupo, no se le dijo nada.

Luego a ambos grupos se les llevó a una degustación de chocolates y se les dijo que debían probar los dulces y que podían comer lo que quisieran. Como resultado, el grupo que recibió el mensaje de perdón comió solo 28 gramos de chocolate en promedio. El perdonarse, los ayudó a seguir con su dieta. En cambio, el grupo que se sintió culpable por comerse un donut, comió 70 gramos de chocolate en promedio.

Han hecho estudios similares con la procrastinación (postergación de lo que se tiene que hacer) y nuevamente:

 

 Las personas que se sienten más culpables son aquellas que más procrastinan posteriormente.

 

La próxima vez que usted se deje llevar por sus impulsos y se dé alguna indulgencia que lo aleje de sus metas a largo plazo, aprenda a aceptarse y perdonarse. No caiga en la trampa de la culpa que hace que nos alejemos más del autocontrol.

 

Una estrategia que lo puede ayudar a dejar de sentir culpa es tomar distancia y perspectiva.

 

Pregúntese, qué le recomendaría a una tercera persona si le pasara lo mismo que a usted. Tendemos a ser más comprensivos y compasivos con terceras personas más que con nosotros mismos.

 

 

Por David Fischman

 

 

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Conoce Effectus Fischmanconsultora de Recursos Humanos de David Fischman                                                                                                                      

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Etiquetas: cultura organizacional, clima laboral, recursos humanos, capital humano, liderazgo. 

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