Visité una gran librería en Estados Unidos y revisé los libros considerados “best sellers" por el New York Times. De los veinte libros, doce tocaban temas espirituales. 

Pareciera que, en los países desarrollados, las personas se han cansado de los “beneficios” del libre mercado y están buscando algo más. Una vez que han comprado bienes en exceso, han logrado metas y han alcanzado éxito profesional, se preguntan “¿Es para esto que he venido a este mundo?”

Han comprendido que allí no está la verdadera felicidad y empiezan a buscar en la espiritualidad las respuestas que aún no encuentran.

 

 

Este retorno a la espiritualidad se observa en muchos ámbitos: 

- En las religiones existe un crecimiento de los movimientos místicos. Estos movimientos tienen muchísimos adeptos y crecen día a día. Se valora más el contacto cercano con Dios, la oración con sentimiento y devoción y se está restando importancia a los rituales, tradiciones y dogmas. Las religiones están pasando de religiosidad a la espiritualidad. 

- En el mundo corporativo, las empresas están invirtiendo millones de dólares tratando que su personal trabaje en equipo, que sea tolerante, respetuoso, paciente y colaborador. En otras palabras, las empresas están tratando de que su personal trabaje de forma espiritual, incorporando más “amor” en sus vidas y en sus relaciones interpersonales.

- Las empresas están asumiendo un rol de responsabilidad social. 

 

Si las personas estuviesen más cerca de una dimensión espiritual, habría menos conflictos interpersonales.

 

Las personas estarían menos angustiadas por los problemas y dificultades rutinarios y se preocuparían más por servir y contribuir, que por acumular y buscar intereses egoístas. En otras palabras, serían más felices. ¿Cómo encontrar esa espiritualidad?

Cuando una madre debe cocinar y no tiene quién cuide a su hijo, lo deja en un cuarto cercano con juguetes. Mientras escuche, a lo lejos, que el niño está jugando, lo dejará tranquilo. La madre irá corriendo si el niño la llama y, si está muy silencioso, se preocupará. Lo mismo nos ocurre en la vida. Dios es como esa madre y nosotros somos los niños. Dios nos dejará tranquilos, jugando con nuestros juguetes materiales, nuestras metas y proyectos. Sólo se acercará, si lo llamamos con una oración, con sentimiento y devoción o si entramos en silencio; es decir, si dejamos de pensar en Él unos minutos al día. 

 

Avivemos nuestra llama espiritual. No sólo tendremos mejores relaciones interpersonales, sino que seremos más felices. 

 

 

Por David Fischman

 


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Etiquetas: cultura organizacional, recursos humanos, capital humano, liderazgo. 

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